24 de Marzo de 2026
Salí desde Teruel con una idea fija en la cabeza y los ojos bien abiertos: meterme por carreteras que el GPS no conoce, de esas que los locales ya no frecuentan y que el asfalto parece haber olvidado. Sierra Morena. Curro Jiménez. Bandoleros. A ver si a lo lejos aparecía alguien a caballo que se le pareciera aunque fuera de lejos.
Spoiler: no apareció nadie. Pero lo que sí apareció fue mejor.
Os dejo aquí la ruta, para que os contamine un poco y vayáis a hacerla con vuestra moto.
El desayuno es sagrado
Antes de pensar en carreteras, curvas o paisajes, hay una prioridad absoluta cuando vas en moto: el desayuno. Y la regla es sencilla — si ves un pueblo pequeño cerca de la carretera, te metes. Sin dudar.
Apagué el motor para que me pudiera oír un paisano que pasaba por allí.
— Buenos días. ¿Hay un bar por aquí donde pueda desayunar?
— Sí, claro. Siga la calle y donde ve los contenedores, gire a la izquierda. Ahí lo tiene.
— ¿Sabe si estará abierto? — eran las 10h15, quizás pronto para según qué bares.
— Ah, eso no lo sé. Lo mejor es que vaya a ver.
Filosofía de vida pura.
Torcí la calle y vi a un señor que abría una puerta. Apagué el motor de nuevo.
— Hola, buenas. ¿Sabe si hay un bar por aquí?
Me sonrió. Y me dijo:
— Sí. Es este. Pase por aquí.
No había rótulo. No había cartel. Nada. Solo la sonrisa de ese señor, que valía más que cualquier reseña de Google. Entré.
Me senté en la terraza — tres mesas, ni una más — y pedí mi tostada. Quince minutos después llegó el desayuno. El mejor que tomaría en días. No sé el nombre del pueblo, ni el del bar, ni el del señor. Pero sí sé que esa tostada con aceite y tomate tenía algo que no se encuentra en ningún sitio con nombre en un mapa.


La carretera respira
Después del desayuno, la moto y yo retomamos nuestra conversación. Una nacional abierta, en buen estado, sin camiones, con algún coche suelto que aparecía y desaparecía en el horizonte. El tipo de carretera que te hace soltar los hombros sin darte cuenta. Relajo total.
Había llovido mucho por aquí. Se notaba en el verde intenso de los márgenes de la carretera, entre los árboles, en las zonas bajas donde el agua todavía no había decidido marcharse. Sierra Morena se había bebido el invierno y aún lo estaba digiriendo.

Me iba parando cuando algo llamaba mi atención — que en estas rutas, parar es parte del plan. A un lado de la carretera, apiladas durante kilómetros como si nadie supiera muy bien qué hacer con ellas, aparecieron unas vasijas enormes de hormigón. Tinajas industriales, de las que se usaban para almacenar vino. Allí estaban, abandonadas, esperando que alguien les diera un destino. Las fui viendo durante mucho rato, como un misterio que se repite.

Por la tarde llegué a Villanueva de Córdoba y me alojé en La Casa del Médico. Uno de esos sitios que te hace entender por qué vale la pena buscar con detalle diferentes alojamientos, y no solo hoteles. Azulejos por todas partes — en las paredes, en los suelos, en los rincones — y habitaciones que cuentan una historia sin necesidad de abrirte la boca. Un sitio de época. De esos que huelen a otro tiempo y te hacen sentir que llegas a algo, no solo que paras a dormir.
La dehesa … te detiene
Al día siguiente, saliendo por Obejo, apareció la dehesa (interesante la definición en el link). Alcornoques y encinas por todas partes, con esa presencia seria y tranquila que tienen los árboles viejos, los que han visto pasar demasiadas cosas como para impresionarse por una moto.
Paré el motor.
Y ahí está — ese momento que solo pasa cuando apagas todo. El silencio de la dehesa no es vacío, es lleno. Lleno de pájaros que no ves, de viento entre ramas, de ovejas que ni se molestan en mirarte. Tranquilidad absoluta. Sin prisa. Sin nada que demostrar.
Me quedé más tiempo del que tenía pensado. La dehesa te hace eso.
(El vídeo que acompaña esto lo dice todo — aunque reconozco que con la GS 1300 parece que voy en tractor. Cosas de los caminos.)
Aparecieron ante mi unas ruinas de un complejo minero-metalúrgico, que luego he leído es de interés cultural. Me paré a hacer la foto y verlo un poco más de cerca. Seguro que tuvo su buena influencia en la región en su época; pero , ¿de interés cultural?

Pasé cerca del Embalse del Rumblar y la carretera fue cambiando de carácter — más cerrada, más local, acompañando a las encinas mientras ganaba altura. De esos firmes de antes, estrechos y sólidos, que parecen indestructibles porque llevan décadas siéndolo.

Cazalla de la Sierra: el restaurante que abre para uno
Hice noche en Cazalla de la Sierra. Y aquí fue donde aprendí algo importante sobre los martes en Sierra Morena.
Al llegar al airbnb, pregunté dónde podía cenar.
— Ah — me dijo la dueña con una mueca — hoy martes va a ser complicado. Cierran siete de los ocho restaurantes que tenemos. Queda abierto la pizzeria.
— ¿Pero … cómo cierran todos el martes?
— Ya, sí. Pero por aquí siempre es así — hizo una pausa y arqueó las cejas con esa cara de ¿qué te cuesta intentarlo? — Aunque si llamas al restaurante Agustina, igual te lo abren.
Llamé. Reservé para las 8h30. Y fui. Increible.
Estuve solo en el restaurante esa noche. El dueño cocinó para mí y entre plato y plato tuvimos una de esas conversaciones que no buscas pero que aparecen. Me dejé aconsejar en todo — para eso están los que saben. Lo que me dijo, lo pedí. Lo que pidió, lo cocinó. Lo que cocinó, me lo comí. El vino que me sirvió me lo bebí, producido a 100m del restaurante. No hace falta decir más.


La carretera desecha — o cómo hacer slalom sin esquís
Al día siguiente, después de Obejo y sus encinares, llegó el tramo que no olvidaré en mucho tiempo.
La carretera C-433 fue descatalogada cuando abrieron la nueva A-8101. Pero sigue ahí. Olvidada, rota, abandonada a su suerte — y precisamente por eso, perfecta.
Metí segunda. Me puse de pie sobre los estribos. Treinta, cuarenta por hora. Y empecé a olerla — ese olor a asfalto viejo, a tierra húmeda, a carretera que ya no tiene prisa porque hace tiempo que dejó de importarle a alguien.
El mojón lo decía todo. Destrozado por el viento y la lluvia, un poco inclinado, habiendo perdido su batalla contra el tiempo — pero todavía en pie, indicando que aquello unía El Pedroso con Cazalla de la Sierra, en su tiempo. Un superviviente.

Era como hacer slalom. Los baches no eran baches — eran cráteres, pozos profundos. Las grietas, trincheras. La moto y yo íbamos eligiendo la línea buena, concentrados, sin pensar en el paisaje ni en adónde íbamos. En estos tramos, la carretera te absorbe entera. No hay más mundo que el metro que tienes delante.
Mejor parar de vez en cuando. Respirar. Mirar alrededor. Y seguir.
Y entonces, al coger una curva a la derecha, apareció. En el kilómetro 8, la fachada de lo que fue la Cooperativa Colonias de Galeón. Un edificio grande, imponente incluso en su estado actual, que fue en su día el corazón de un proyecto enorme — un latifundio convertido en vino y en forma de vida, ideado por la Junta Central de Colonización. Ahora solo queda la fachada.

Seguí sin saber adónde llevaría aquello. Pero no pasaba nadie — ni coches, ni bicis, y menos motos. Nadie. Lo cual, pensándolo bien, tenía su lado bueno: al menos no había que adelantar a nadie.

El Pantano del Pintado — y el tiempo detenido
Y de repente, el pantano.
El Pantado del Pintado apareció ante mí sin previo aviso, lleno hasta arriba. Inaugurado en 1947 y conservado exactamente igual que entonces — por fuera, al menos. Como si alguien hubiera parado el reloj y nadie hubiera vuelto a darle cuerda.
Ver agua así, tanta, en estas tierras de Sierra Morena, te pone de muy buen humor. No lo puedo explicar mejor.
La carretera empezó a mejorar pasado el pantano — como si los que vienen a mantenerlo llegaran desde Cazalla y no desde El Pedroso, y de camino arreglaran lo suyo pero no lo del otro lado. Teoría sin confirmar, pero que explica muchas cosas.
Ya podía meter tercera de vez en cuando. Una mejora notable.




Y los árboles seguían ahí, a los lados, ignorándome completamente. Van a lo suyo. Llevan siglos hablando entre ellos y no les hace falta un motorista de testigo. Entre ellos, la carretera serpenteaba hacia arriba. Perfecta para ir en tercera y cuarta, dejándote llevar.

El drama del tomate
Llegué a un pueblo ya más grande y decidí que era hora del segundo desayuno — sí, segundo, porque el primero había quedado lejos.
Me atendió una señora encantadora, con una sonrisa amplia.
— ¿En qué le puedo ayudar?
— Quería desayunar una tostada, por favor.
— Sí, claro. ¿La quiere con aceite, ¿no?
— Exacto. Con aceite del bueno.
— ¿Y con tomate? — me preguntó arqueando una ceja.
— Sí, eso es. Con tomate y aceite.
Entonces su cara cambió. Me mostró el contenedor de plástico donde estaba el tomate rallado. Dentro había una cantidad que, siendo generosos, alcanzaba para media tostada.
— Pues tenemos un problema — me dijo frunciendo el ceño —. Esa señora ha llegado antes que usted y solo queda para ella.
Lo miré. La miré a ella. Miré el contenedor.
— ¿Podría hacerme un poquito más para mi tostada?
— Ah, eso no va a ser posible. Yo hago un tubito de tomate al día, y cuando se acaba, se acabaron las tostadas para el desayuno.
— ¿Pero de verdad me está diciendo que no puedo desayunar con tomate?
— Sí, eso le estoy diciendo. Tendrá que venir un poco antes.
Me quedé mirándola unos segundos. Ella me devolvió la mirada, serena, sin el menor atisbo de duda. El tubito de tomate era el tubito de tomate, y ahí no había negociación posible.
Me fui saludándola y deseándole un buen día. Sin desayuno. El siguiente pueblo estaba lejos — no en kilómetros, sino en tiempo. Que a veces es lo mismo y a veces no.
Después continué hasta las minas de Rio Tinto, donde no dejo mis impresiones en el blog ya que hay muchos videos y largos. Además no es un tema muy motero. Me impresionan y me encantan las minas abiertas, y tambien las de carbón que están bajo tierra.
El final: Almonaster La Real
Después de las Minas de Río Tinto — que como digo merecen su propio capítulo y aquí no caben — llegué a Almonaster La Real. Fin del recorrido por Sierra Morena.

Aparqué la moto, me quité el casco y me quedé mirando el pueblo. Gente con sillas en la calle, a la sombra, en plena tertulia. Calles que te cuentan cómo vive la gente sin necesidad de carteles. La muralla dando la vuelta al pueblo como si lo abrazara.


Sierra Morena es de esos recorridos que todo motorista tiene que hacer al menos una vez. No porque sea el más espectacular, ni el más técnico, ni el más famoso. Sino porque tiene algo que no se puede explicar del todo — y si no lo haces tú mismo, nadie te lo va a poder contar.
Y eso, al final, es exactamente lo que buscamos.

Hola soy Juan y voy de test.
Que suerte que disfrutes asi … porque nos haces disfrutar a nosotros. Esta vez me quedo con el tubito del tomate y el complejo minero de interés cultural.
Hasta la próxima
Muy interesante Juan.
Vaya tostada mas rica!!! 😋
Cada vez haces mas entretenidos tus comentarios del viaje, en esta ocasión hasta con dialogos incluidos… 😂👍👍
Si, creo que me gusta a mi también mas esta forma de escribir, con anécdotas y lo que me pasa de verdad. Que bien que te guste !