De Zaragoza a Medjugorje: barco, autopistas italianas y 9 kilómetros de pura miseria croata
“Actualizado en mayo de 2026 con nueva información sobre la preparación del viaje.”
Todo viaje en moto necesita un porqué. Este lo tenía claro: ir a Medjugorje, en Bosnia, en plan peregrinación. Un viaje largo, en solitario, con todo lo que eso implica — preparación, estado de ánimo y muchas horas de casco. Algunas partes de lo que viví allí se quedan conmigo, que son personales. Pero el resto — las carreteras, los barcos, los conductores italianos y croatas, los hoteles, los imprevistos — eso os lo cuento todo.
Primero había que preparar a Lola, mi Triumph Tiger 900. Con 30.000 kilómetros ya en el cuerpo, tocaba revisión en el concesionario Triumph de Zaragoza. Me dijeron que era la primera revisión de 30K que hacían de ese modelo — la moto tiene año y medio. Todo fue bien. De paso, ruedas nuevas.
El traje de verano y la lección del calor
Para el equipaje, traje BMW Rallye de verano. Las apps lo confirmaban: temperaturas entre 21 y 35 grados durante casi todo el viaje. Solo un día, de vuelta en los Pirineos franceses, bajé a 14 grados y me puse el chubasquero.
Una cosa que aprendí — o reaprendí — es que da igual el traje de verano que lleves: si superas los 34 o 35 grados, el calor en moto es insoportable. Con todo abierto, ventilado, preparado. A partir de ahí, la física manda.
Los días previos: entrenamiento y puentes inundados
Jueves 12 de junio — Fui de Valladolid a Zaragoza por la tarde para probar el traje. Error. A las nueve de la noche hacía 34 grados en mi calle. Llegué bien, pero aprendí que salir por la tarde en junio tiene sus consecuencias.

Sábado 14 de junio — Salida de entrenamiento por Leciñena, Sariñena y Bujaraloz para acostumbrar el cuerpo a ocho o nueve horas de moto al día.
Aquí aprendí algo importante: hay que parar cada dos horas como máximo. Cuando ves un bar lleno de gente y dices “pruebo en el siguiente”, y luego otro, y otro, te das cuenta cuatro horas después de que te duele todo.
Las lluvias de la noche anterior habían hecho de las suyas: dos carreteras cerradas en Azaila porque el agua se había llevado un puente y había inundado los alrededores. Los vecinos cortaban el tráfico y redirigían por donde podían. Tuve que rodear por Híjar y La Puebla de Híjar.
Al llegar a casa miré la maleta. Llevaba demasiadas cosas.
Domingo 15 — Zaragoza a L’Hospitalet: el Bar El Español y el hotel más caro del viaje
300 kilómetros, cinco horas y cuarenta minutos en realidad. La carretera a Barcelona estuvo para mí hasta Lérida — casi sin coches, una delicia. Luego llegaron los camiones, la temperatura subió a 34 grados y la conducción se volvió desagradable. Autopista los últimos 100 kilómetros.
Parada obligatoria en Bujaraloz: el Bar El Español. Qué descubrimiento. Todo tipo de tapas, bocatas, terraza agradable. De esos sitios de carretera que van quedando menos y menos y que cuando aparecen uno los agradece de verdad. Hay que volver.


El hotel en L’Hospitalet estaba a doce minutos del check-in del barco — Google Maps decía 26, pero a las seis y cuarenta y cinco de la mañana son doce. Fue el más caro del viaje, pero tenía parking cerrado para Lola, que era lo que importaba.
Esa noche empecé también con el sistema de lavado de ropa de mi amigo Miguel: lavas, escurres bien, extiendes todo encima de la toalla de baño, enrollas como un canelón, vuelves a escurrir. La toalla queda mojada pero la ropa casi seca. Usé solo dos camisetas de moto en todo el viaje, de las cuatro que llevaba. El método es perfecto.


Lunes 16 — El barco a Génova: 23 horas, árabes, tripulación asiática y la gorra olvidada
Check-in a las siete de la mañana. Al llegar había delante unas treinta o cuarenta motos. Fueron llegando más y más — de todos los tipos, marcas, nacionalidades y colores. Un espectáculo.
Lo que no esperaba era la cantidad de pasajeros árabes a bordo, fácilmente reconocibles por su forma de vestir. Tampoco esperaba que toda la tripulación fuera asiática — indonesios, tailandeses — en un barco italiano que salía de Barcelona. El resultado era que españoles e italianos teníamos que hablar en inglés para comunicarnos con la tripulación. Curioso, como mínimo.



El viaje fueron 23 horas — quizás demasiadas. Leí, escribí, paseé por cubierta. Fue entonces cuando descubrí que me había dejado la gorra en la moto. ¿Cómo es posible?
No comí en el barco — llevaba barritas Corny para el viaje. Cené una ensalada de pollo con expectativas bajas, que se cumplieron. El wifi costó 9 euros y se gastó a una velocidad impresionante. En alta mar los gigas desaparecen como por arte de magia, pero por lo menos pude comunicarme con mi familia y amigos, mientras leía periódicos
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Pero lo peor vino por la mañana.

El billete decía llegada a Génova a las nueve. Llegamos a las siete y cuarto. Lo anunciaron por los altavoces a las diez de la noche — sorpresa para muchos. Había que dejar los camarotes a las seis de la mañana.
Los moteros — la mayoría en el deck 7 — pasamos desde las seis hasta las siete y cuarenta y cinco sentados en los pasillos esperando que nos dejaran bajar a las motos. Casi dos horas de pie, con el casco, la bolsa y todo encima. Los que habían dormido en los sillones del barco estuvieron allí hasta cinco minutos antes y bajaron tranquilos. Los que pagamos camarote sufrimos el pasillo. Algo falla en ese sistema.

Martes 17 — Génova a Treviso: la ruta bonita y la ruta desastrosa
411 kilómetros, ocho horas y media en realidad.
En las aduanas de Génova, la pregunta fue directa:
— ¿Viene de Barcelona o de Marruecos?
— De Barcelona.
— Pase usted. ¡Siguiente!
Todo el mundo tomó autopista dirección Piacenza. Yo cogí la Strada Statale SS45 — 90 kilómetros de Génova a Piacenza por Bobbio que me costaron dos horas y veinte minutos. Solo una moto española me acompañó, íbamos pasándonos mutuamente en cada parada. Los valles fueron espectaculares — salí por la parte menos rica de Génova, seguí un río y fui entrando poco a poco en un paisaje que no esperaba.

Lo que vino después fue un error que no repetiré. Como habíamos llegado dos horas antes, decidí ir de Piacenza a Treviso por carretera. 230 kilómetros de coches, camiones, obras faraónicas donde no trabajaba nadie, velocidad limitada a 50 o 70, y pueblos que donde acababa uno empezaba el otro.
It is what it is.

Una nota sobre la conducción italiana: hay un 7 o 10% de conductores que se te pegan detrás en moto de una manera que da miedo frenar. Y lo de entrar en la carretera desde un acceso sin ceder el paso — aunque tú vengas — es una práctica habitual. Uno se acostumbra, pero requiere práctica.
Treviso me encantó. Ciudad pequeña, centro peatonal, plaza preciosa, calles muy italianas. Y la mejor pizza que he comido en años.

Me impresionó el precio de la pizza o 9.9€; en Bosnia, por ejemplo, costaba 20€.

Dormí en el Centro de la Famiglia — una Guest House donde todo lo recaudado va íntegro a su Fundación de ayuda a familias necesitadas. Habitación limpia, baño amplio, aire acondicionado perfecto. Desayuno simple pero conveniente para salir en moto. Un buen B&B en una ciudad preciosa.

Miércoles 18 — Treviso a Sukosan: Eslovenia, Croacia y la ensalada de pulpo
442 kilómetros, nueve horas en realidad.
Autopista hasta Trieste — entre Treviso y Trieste no hay carreteras interesantes para moto. De Trieste pasé a Eslovenia sin aduanas, y el cambio fue inmediato: de repente bosques, curvas, asfalto perfecto, paz absoluta. Una delicia motera que duró poco — Eslovenia es pequeña y enseguida estás en Croacia.
Croacia me decepcionó un poco, siendo sincero. La conducción es peor que la italiana — bastante peor. Por autopista me pasaron coches a 200 kilómetros por hora como si nada. Los intermitentes parecen un accesorio opcional que la mayoría ha decidido no instalar ni usar. Y la línea continua en toda la calzada hace que cada uno adelante donde le da la gana.
Dicho esto: no vi ni un solo accidente en todo el país. Ni policía. Conducen sin normas entre ellos, pero parece que se entienden.

Vuelves a tener parkings en las carreteras, con baño, en fin, una delicia; y además, aunque suene tonto, con árboles que daban sobra cuando te paras.

La costa en sí — quitando algunos puntos realmente espectaculares — no fue lo que esperaba. A la izquierda, una montaña baja y seca. A la derecha, islas de tierra arenosa sin vegetación. Cuando pasas Rijeka el tráfico se aclara y empieza el disfrute real: solo motos, caravanas y coches locales.



Paré en dos pueblos pequeños donde comí una ensalada de pulpo riquísima. Luego en otro donde tomé un buen café mirando motos. Curioso detalle: casi nadie saluda entre moteros en Croacia. Al final acabé por hacer lo mismo — y fue entonces cuando pasaron tres motos y me saludaron.


El hotelito donde paré ese día estuvo bien. Cené dentro ya que en la terraza estaba toda reservada. Es de los sitios que te presentan los peces que han pescado; lo hicieron a la brasa, pero, la verdad sea dicha, son mejores los que puedes comer en San Sebastián; pero estaba rico.

Dormí en Sukosan, pueblecito al sur de Zadar. Puerto deportivo con yates, otro con veleros, dinero por todos lados y nadie paseando. Entre las seis y las nueve de la tarde no funcionó ningún teléfono — la señal desapareció. A la gente le parecía normal. Quizás lo era.

El hotel tenía pocas habitaciones y claramente ganaba dinero con el restaurante y su terraza, y aunque estaba nuevo ya se le veía que le faltaba algo de mantenimiento en el baño- el truco es, por ejemplo, mirar la alcachofa por donde sale el agua y ver si esta limpia o no.
Lo deben tener lleno, de cualquier manera.

Jueves — Sukosan a Medjugorje: la frontera y los 15 kilómetros finales
Salí temprano dirección Medjugorje. En Croacia al salir ni te miran. Al entrar en Bosnia es como un aeropuerto — pasaporte en la máquina, pasa usted. Quince kilómetros después llegaba a Medjugorje.

Aquí os dejo un mapa de Medjugorje, para que veas que es lo más parecido a una aldea croata … en Bosnia.
Lo que pasó allí se queda conmigo.

🏍️ Moto por los Balcanes: de Zaragoza a Bosnia pasando por Francia, Italia y Croacia
que ruta espectacular!