2024 ESPAÑA, DIAs 6 y 7, JUNIO 26 y 27
“Actualizado en mayo de 2026 con nueva información sobre la preparación del viaje.”
De vuelta a España por Portugal y el Duero: viñedos, nepaleses en la montaña y una carretera que enamora
Combino los días 6 y 7 en un solo post porque fueron días más moteros y con menos paradas — sin faros que ver, pero con carreteras que compensaban de sobra. Portugal primero, España después, y el Duero como hilo conductor de los dos días.

Día 6 — Combarro, los hórreos y el calor portugués
La primera parada fue Combarro, para ver los hórreos de su plaza mayor y las instalaciones de cría de mejillones en la ría. Llegamos sobre las nueve y media de la mañana — pronto para Combarro, que todavía dormía. Todo cerrado.
Al final encontramos en una calle lateral un bar abierto donde nos tomamos unos cafés a la sombra. Que a esa hora y con lo que venía, ya era suficiente.
Combarro es, desde 1972, conjunto de interés artístico y pintoresco — el pueblo gallego con más hórreos tradicionales en la orilla de las Rías Baixas. En origen se construían con cañas trenzadas y paja; luego llegó la piedra y la madera, y ahí siguen, siglos después, perfectamente en pie.

El calor que llegó con Portugal
Al cruzar la frontera portuguesa la temperatura pegó un salto a cerca de 34 grados. Completamente diferente de Galicia, que nos había tenido fresquitos — y mojados — durante días. Un cambio de escenario total, en todos los sentidos.
Paramos en un par de sitios por el camino y empezamos a rodar cerca del Duero, que sería nuestra brújula durante los dos días siguientes. Los viñedos aparecieron pronto — y no pararon. Vides de Oporto, vides de vino verde, plantaciones en terrazas sobre el río, en laderas imposibles, en todas partes. Verdaderamente impresionante la cantidad de tierra que tienen dedicada al vino.


La Quinta Estrada y los nepaleses del Duero
Después de chequear el GPS un par de veces — porque la Quinta estaba en lo alto de una montaña después de pasar por pueblos y más pueblos — llegamos a la Quinta Estrada. El sitio era único: silencio total, piscina, vistas, y esa sensación de estar completamente desconectado del mundo.
Nos recibió el dueño, un hombre de unos cuarenta años que representaba la séptima generación de su familia al frente de la Quinta y su producción de vino. Hicimos el check-in, nos dio una bebida de bienvenida que estaba rica, y luego… desapareció.
No lo volvimos a ver en toda la estancia.
En su lugar quedó el staff. Y aquí viene lo curioso: eran nepalesas. Dos chicas que, aunque entendían el portugués, recibían instrucciones del dueño en inglés. Estuve conversando con una de ellas que llevaba diecisiete meses trabajando allí — se movía cada cierto tiempo a una Quinta diferente para ocuparse de los huéspedes.
A la mañana siguiente apareció otra chica, esta vez checa, que trabajaba rotando por distintos países según le apetecía. Hablaba bien el castellano y era muy simpática.
Nepalesas y checas en lo alto de una montaña del Duero portugués, gestionadas por un propietario de séptima generación que habla en inglés y desaparece después del check-in. El mundo es un sitio raro y fascinante.
La cena que prometía más de lo que dio.
Lo que habíamos acordado con el dueño era una cena con cata de vinos. Lo que llegó fueron dos vinos — un tinto y un blanco bastante discretos — y una carta con dos opciones: carne o pescado.
No hubo cata. Hubo cena.
Las habitaciones eran grandes, alguna terraza a medio terminar, y el precio fue de 110 euros — que para lo que fue la cena se hizo notar. Pero el sitio, el ambiente, la piscina y la calma total lo compensaban a su manera. Era desconexión pura. A veces eso vale lo que vale.
Día 7 — El Duero, la N222 y Plasencia mojada
La carretera que enamora: la N222
Al entrar a España cambió el tiempo y empezó a llover. Eso hizo que paráramos menos y fuéramos más directos. Pero antes de cruzar la frontera tuvimos la N222 — la carretera que discurre por debajo del Duero por el lado portugués.

Para los moteros: apuntadla. Buen asfalto, curvas en todos los sentidos, el río abajo y los viñedos arriba. Una delicia de las que no se olvidan. La N222 tiene fama entre los moteros europeos, y esa fama está más que justificada.

Plasencia: mojados pero con garaje
Una vez en España fuimos lo más directos posible hasta Plasencia. Llegamos bastante mojados — que después de días de lluvia intermitente ya es una condición casi natural — pero el hotel tenía una plaza libre en el garaje para las motos. Un detalle que cuando llueve vale su peso en oro.
El Palacio de Carvajal Girón estaba muy bien, y después de una buena ducha el mundo volvió a su sitio. Por la noche, tapas en El Español en la plaza mayor — que es exactamente el plan correcto después de un día largo y húmedo.
📍 Recursos y recomendaciones
Combarro y sus hórreos — llegar pronto en temporada alta. Todo abre tarde, pero merece la pena esperarlo.
N222, Portugal — una de las mejores carreteras de Europa para motos. Por debajo del Duero, desde Peso da Régua hacia la frontera.
Quinta Estrada, Duero portugués — única, tranquila y con una historia familiar de siete generaciones. La cena, mejorable.
Palacio de Carvajal Girón, Plasencia — hotel con encanto en pleno centro de Plasencia. Con garaje, que en días de lluvia no es un detalle menor.
Plasencia — ciudad con más historia de la que parece. La plaza mayor y la catedral merecen más tiempo del que le dimos.
Vinos del Duero portugués — para entender lo que se ve desde la moto cuando uno pasa por esa zona.
🏍️ Ruta de los Faros en Moto: Galicia, Asturias y Cantabria
